Llegas sin previo aviso, sin avisarme de que ibas a aparecer
con esa sonrisa de anuncio y esas pecas capaces de hacer a un dios volverse
mortal por poder contemplarlas desde la distancia en la que yo lo hago. Hay
momento s en los que me hundido en el vacío del marrón de tus ojos y tú, aún
siendo el responsable de mi muerte más dulce, apareces con tus abrazos
reparadores o tus “métete aquí” mientras abres tu abrigo. Hay suertes comunes y la mía. Hay amores, y tú. Por encima de cualquier perspectiva. Por encima de todos, tan tú y a la vez tan mío. Ojalá tu luz no se apague nunca y si lo hace, aprenderé a quererte en braile.