Manda cojones que la herida que
más nos duele no pueda apreciarse, manda cojones. Los cojones que nos faltaron
para apostar por esto, bueno… ahora es aquello más bien porque el tiempo pasa y
los recuerdos quedan cada vez más lejos, más fríos. El dolor, equiparable a
cualquier daño que avoque a la muerte, incluso lírica. Un dolor semejante al de
cristales punzantes en el corazón que con cada latido van clavándose poco a
poco más adentro. Un dolor punzante en la boca del estómago, por un donde un
día entraron mariposas y donde hoy van a morir. Ojalá que algún día recupere la
fuerza suficiente para volver a coger lápiz y papel y dejarme llevar por la
inspiración, la que me dabas. Porque ante todo inspirabas, en un pestañeo tuyo
cabía un soneto y con el tacto de tu mano era capaz de sentir el roce de una
melodía. Y he de confesar que no hay nada que me de más miedo que volverme de
hielo, que volverme áspera al tacto y reacia a oír cualquier promesa para
evitar daños. Que nadie vea lo que tú fuiste capaz de ver, que nadie pueda
hacerme sentir tan cómoda como cuando yo, en tu pecho.
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