viernes, 21 de marzo de 2014

Llegó con tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida.

Manda cojones que la herida que más nos duele no pueda apreciarse, manda cojones. Los cojones que nos faltaron para apostar por esto, bueno… ahora es aquello más bien porque el tiempo pasa y los recuerdos quedan cada vez más lejos, más fríos. El dolor, equiparable a cualquier daño que avoque a la muerte, incluso lírica. Un dolor semejante al de cristales punzantes en el corazón que con cada latido van clavándose poco a poco más adentro. Un dolor punzante en la boca del estómago, por un donde un día entraron mariposas y donde hoy van a morir. Ojalá que algún día recupere la fuerza suficiente para volver a coger lápiz y papel y dejarme llevar por la inspiración, la que me dabas. Porque ante todo inspirabas, en un pestañeo tuyo cabía un soneto y con el tacto de tu mano era capaz de sentir el roce de una melodía. Y he de confesar que no hay nada que me de más miedo que volverme de hielo, que volverme áspera al tacto y reacia a oír cualquier promesa para evitar daños. Que nadie vea lo que tú fuiste capaz de ver, que nadie pueda hacerme sentir tan cómoda como cuando yo, en tu pecho. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario