miércoles, 22 de enero de 2014

Con los cinco.

Cuando te fuiste no solo te llevaste mis ganas de dormir, también te llevaste mis sentidos. Sí, todos, los cinco. Olfato, gusto, tacto, vista y oído. Era tu olor, inconfundible, lo único que me quedaba tras estar contigo, bueno, eso y las ganas de verte de nuevo. Tu aroma en mi ropa, en todas y cada una de las cosas que tuvieron el placer de tenerte cerca, que ahora me golpea cuando bajo la guardia recordándome que un día estuviste aquí, maldito olfato. Pasemos al gusto. Aquí la palma se la llevan tus labios, tan dulces y cálidos que eran capaces de derretir al más gélido corazón, capaces de proporcionarte una sensación casi adictiva. El tacto, amor, mi favorito. El tacto de tu cuello, de tu pelo entre mis dedos o simplemente las caricias en la mejilla, podría tirarme horas así, con tu tacto en mis manos, con la sensación de tener una utopía entre ellas. ¿Algo más bonito que tus ojos cuando reías? Mi vista no recuerda nada capaz de superarla, y es que, juro que era capaz de iluminar el mundo, o al menos a mí. Verte era algo tan insignificante y a la vez tan grande, era morir en vida, morir de amor, joder. Ni mencionemos el oído, las canciones ya no suenan igual de bonitas ni los poemas se oyen tan claros. Ya ningún sonido me pone la piel de gallina como lo hacían tus palabras en mi oído, tus susurros sin razón aparente y que continuamente decías para reírte de cómo se ponía mi piel. Ahora sin sentidos, simplemente estoy pero no soy absolutamente nada. Quédatelos, los cinco, sin ti no me sirven para nada.

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