Cuando te fuiste no solo te llevaste mis ganas de dormir,
también te llevaste mis sentidos. Sí, todos, los cinco. Olfato, gusto, tacto,
vista y oído. Era tu olor, inconfundible, lo único que me quedaba tras estar
contigo, bueno, eso y las ganas de verte de nuevo. Tu aroma en mi ropa, en
todas y cada una de las cosas que tuvieron el placer de tenerte cerca, que ahora
me golpea cuando bajo la guardia recordándome que un día estuviste aquí,
maldito olfato. Pasemos al gusto. Aquí la palma se la llevan tus labios, tan
dulces y cálidos que eran capaces de derretir al más gélido corazón, capaces de
proporcionarte una sensación casi adictiva. El tacto, amor, mi favorito. El
tacto de tu cuello, de tu pelo entre mis dedos o simplemente las caricias en la
mejilla, podría tirarme horas así, con tu tacto en mis manos, con la sensación
de tener una utopía entre ellas. ¿Algo más bonito que tus ojos cuando reías? Mi
vista no recuerda nada capaz de superarla, y es que, juro que era capaz de
iluminar el mundo, o al menos a mí. Verte era algo tan insignificante y a la
vez tan grande, era morir en vida, morir de amor, joder. Ni mencionemos el
oído, las canciones ya no suenan igual de bonitas ni los poemas se oyen tan
claros. Ya ningún sonido me pone la piel de gallina como lo hacían tus palabras
en mi oído, tus susurros sin razón aparente y que continuamente decías para
reírte de cómo se ponía mi piel. Ahora sin sentidos, simplemente estoy pero no
soy absolutamente nada. Quédatelos, los cinco, sin ti no me sirven para nada.
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